En los últimos años,
afortunadamente, ha adquirido relevancia o, al menos, se está hablando más, de
educación emocional. Si bien todavía gran parte de las instituciones dedicadas
a la formación del profesorado no los incluyen en sus planes de estudio, hay un creciente interés
por conocer el tema y comenzar a considerarlo como parte importante de la labor
educativa. Cada día la educación, en sus distintos niveles y ámbitos, constata
la necesidad de que la educación emocional se instaure como parte del currículo
escolar y aporte sus múltiples beneficios a la formación de las futuras
generaciones y del profesorado que las acompañe en su proceso formativo.
Incluso la podríamos señalar como un saber necesario de adquirir por las
familias, para que sus hijos e hijas la reciban desde que nazcan y durante toda
su vida. De en las diversas definiciones que están surgiendo desde hace algún
tiempo, nos quedaremos con la de Bisquerra y Pérez (2012), docentes e
investigadores de la Universidad de Barcelona:
Educación emocional es un proceso
educativo, continuo y permanente, que pretende potenciar el desarrollo de las
competencias emocionales como elemento esencial del desarrollo humano, con
objeto de capacitarle para la vida y con la finalidad de aumentar el bienestar
personal y social. Con el objetivo de comprender mejor el constructo teórico
que respalda la educación emocional, intentaremos conceptualizar las diferentes
temáticas que lo componen.
Las competencias emocionales deben entenderse como un tipo de competencias básicas para la vida, esenciales para el desarrollo integral de la personalidad. Son un complemento indispensable del desarrollo cognitivo sobre el cual se ha centrado la educación a lo largo del siglo XX. La educación emocional se propone optimizar el desarrollo humano; es decir, el desarrollo integral de la persona (desarrollo físico, intelectual, moral, social, emocional, etc. (Bisquerra y Pérez, 2012,


Muy bonito la verdad compañera
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